Asomada al balcón, mordisquea su postre favorito, la trenza de Almudévar, paladeando el azúcar glas con la mirada perdida y triste, como si ya la hubiesen besado todos los hombres y mujeres del mundo.
Hay luna menguante, y en menguante se podan los árboles frutales, se siembran las patatas y se corta la leña y el rabo de los corderos. La luna menguante se encuentra entre la luna llena y la luna nueva. Es algo así como un intervalo entre dos amores. Y todo consiste en amar y desamar. Un día, en este mismo contenedor de basura desde donde la observo, arrojó todas sus cosas. Pero no pudo evitar desprenderse de una fotografía: el día que se conocieron en una manifestación en defensa de la escuela pública. Mirándola invoca su acento francés y su palidez de niño enfermo. Al marcharse se llevó su risa franca y su optimismo, igual que los bancos se llevan las casas.

Como detective privado, me instalo en la vida de la gente, apunto, grabo o fotografío todo lo que hacen. Consigo pruebas. Testifico en juicios. Provoco los despidos justificados. Desenmascaro infidelidades. Descubro sus miserias y se las entrego a mi pagador, aseguradoras y empresarios. Pero esta vez estoy asustado, quizá porque la miro tristear y noto que podría quedarme eternamente, tomando notas, apropiándome de la fórmula de sus días. Entonces ella sale al balcón, repite la liturgia de mordisquear la trenza de Almudévar, me descubre, con esa clarividencia de las embarazadas, y sonríe.